Jardín de invierno / la
luna como un hilo / una voz de insecto.
Matsuo Basho
1. Nudo
¿Fueron unos esbozos
altamente positivos, para él, aquellos incidentes?... ¡Ah!...
Eso ¿quién lo sabe?...
Había conocido, eso si, el
sacrificio que podía conllevar, ejercitando, en aras de la
revolución nacional, la representación política en actos
públicos; dichos apuntes, con el paso del tiempo, hubieron de
convertirse en obsesión (pero eso es otra historia) por
machetes, hachas y otros instrumentos cortantes; y conoció y
sufrió uñarada de alcurnia cuando pensaba atiborrarse,
aristocráticamente, de nécoras, percebes y cigalas.
Aquel edificio, de la
delegación del gobierno en la provincia, comenzó por
convertirse en un dédalo de pasillos que aviva el desconcierto
al más ducho en orientarse dentro de complicados
arquitectónicos; y máxime para el apocado que se adentra, con
complejo de inferioridad, temiendo hasta las miradas de las
egregias estatuas que, tan serias, aparecían en los corredores
de improviso.
--"¡OH, deidades!,
¡acorredme!"
Eso parecía suplicar, con
la atisbadura intranquila, abriendo puertas, subiendo y
bajando escalinatas...; desesperaba ya de arribar, a cebadero
o engordadero, a tiempo de felicitaciones y remembranzas de
virginales engendramientos; pues purísima concepción recibió,
la señora delegada/gobernadora, una fecha ocho de diciembre de
mil novecientos tantos; hacía, precisamente, sesenta
"primaveras floridas y nevadas".
La señora
delegada/gobernadora, que todo hay que decirlo, es la señora
del delegado/gobernador civil, que no militar; y habíase
aderezado un homenaje por todo lo alto: panegíricos,
besamanos, música de rondalla, y... jamada, sobre todo jamada;
estaría el honorable delegado/gobernador civil, que era un
militar, para glorificar, aún mas, el cumpleaños de su
bienaventurada esposa... mantecosa.
Y no iba a presentarse a
tiempo.
--"Preámbulo dilatado para
tan labil porcelana" --se le ocurrió, así, de pronto;
referido, sin duda, a su pusilánime persona que consideraba,
no obstante, fraguada de timidez aristocrática; cofrade de esa
"minoría selecta inasequible al desaliento" como los había
definido su bienquisto mentor, espichado años ha.
--¿"Inasequibilidad al
descorazonamiento"? ...
Después de tantas vueltas y
revueltas por pasillos, corredores y galerías, enceradas y
abrillantadas, principiaba a dudar, seriamente, de tan
categórica afirmación.
2. Entresijo
Había sido olvidado y
preterido, muchas veces, con la disculpa de aplazar la
invitación para mas oportunas temporadas; postergamiento
vulnerado no obstante por él, en áulico recinto de fonduchos a
donde se refugiaba, con otros correligionarios, para
despotricar, contra el comunismo y el capitalismo, engullendo
barbos escabechados y pimientos morrones; tapas "serias,
enteras y proletarias", como correspondía a revolucionarios de
yantar frugal y humildísimo.
"Sin ir mas lejos", solía
decir, con el mismo estilo de vida que modeló Carlos V, El
Emperador; un ejemplo: aparte de su "yantar frugalísimo",
construyose una modestísima morada, de retiro, en Guadalupe;
un monasterio para él solito: con jardines, río para pescar y
rodeado de numerosos frailes que le servían opíparamente etc.,
etc., etc., todo muy proletario "sin ir mas lejos": tan
modesta e imperial concepción de existencia vital era su
objetivo; sin olvidar, claro está, la reconstrucción,
carolingia, de "Un Imperio Hacia Dios" en otra España, no en
esta, “Una, Grande y Libre".
De modo que el desprecio,
inferido, no a él, ¡nada de personalizar!, sino a su Esencia
Imperialista, Gran Española, había significado el
endurecimiento de sus posturas políticas; como las había
expresado, en mas de una ocasión, a algunos policías, que le
escuchaba, respetuosamente; y a ciertos dirigentes, del
llamado gobierno en el poder, que le animaban a proseguir,
heroicamente, su radical defensa de las Esencias Patrias;
desprecio que, amén de representarle un ingente sacrificio, le
llevó a unirse con su pueblo, como lo hizo, por vinaterías y
casas de lenocinio, en días señalados de "espíritu nacional",
a fuer de nuevos guadalupes.
Había llegado la hora de
salir de la clandestinidad; de esa ligadura, deforme, con que
el pueblo sujeta a sus líderes para endurecerlos; pueblo del
que, aún amándolo, convenía desligarse, a tiempo, para ejercer
una acción eficaz, liberada de corruptelas, incluso
familiares, que vician la acción de gobierno.
Esta vez, sí, fue
convidado.
Representaba una fuerza
política, cuya actividad se había hecho distinguir lanzando un
pasquín, uno solo, a favor de la unidad de España, la
unificación europea, por el desbaratamiento de toda
emigración, sobre todo la emigración ilegal, contra un nuevo
bolchevismo y separatismo etarra, la francmasonería, el
sionismo y el islamismo.
Pasquín muy lisonjeado por
el superintendente de la policía; y, como ya se habrá
adivinado, por conocidos dignatarios del partido citado. Algo
es algo.
3. Recoveco
Aquella mañana había
despertado de muy mal humor; había dormido fatal; al apartar
las sábanas, para levantarse de la cama, aparecieron manchadas
de numerosas motas de sangre, señal, clarísima, que las
pulgas, de aquella maldita pensión, se habían cebado en él,
acribillándolo, durante el sueño; si bien, diose cuenta,
inmediatamente, con la rapidez de un ser inteligente llamado a
grandes empresas, que habían detectado la substanciosa sangre
que corría por sus venas; sangre imbuida de Espíritu Imperial,
Carolingio, ¡que no era moco de pavo!; las pulgas lo
debilitaron y las pulgas lo habían elevado a la cumbre del
optimismo revolucionario:
--¡Vivan las pulgas! --se
dijo para sus adentros.
Algún día, cuando tuviera
tiempo, teorizaría acerca de la generosidad de las pulgas y el
acicate que representan para que, los superhombres nacionales,
no se aduerman en los laureles.
La mañana, fría y grisácea
de diciembre, le arañó suavemente la camisa, casi azul, que
adornaba su pechera. Se estremeció de frío, achicándose aún
más su esmirriado pecho.
Al llegar a la puerta del
gobierno civil ya no había nadie.
Hinchando el tórax, que la
camisa apenas notó, subió las escaleras; enceradas, como
estaban, protestaron resbalándolo hasta dar con las narices en
el mármol frío y duro.
Miró a ambos lados, por si
alguien había advertido su grotesca descompostura. Nadie.
Respiró aliviado.
Solo esculturas y mármoles
bruñidos y resplandecientes fueron espectadores de su
desmoronamiento, bochornoso para un dirigente de su altura.
Luego se descarrió en el
dédalo de pasillos como ya se ha dicho.
Por fortuna, pudo escuchar,
perfectamente, los sones de la estudiantina, saliendo de una
portezuela entreabierta y hacia allí encauzó sus pasos.
La habitación, abarrotada,
no dejaba columbrar a la invitadora. Por entre dos molondras,
pudo atisbar a la anfitriona y examinar su estampa, enorme, de
señora gobernanta. Maciza fisonomía, cara ligeramente ahuevada,
un si es no es romboidal, de mirada fatua perdiéndose por
encima de los hombros de los concurrentes; múltiples verrugas,
en la jeta, metamorfoseaban a la excelsa matrona en una
híspida y blanquecina cucurbitácea; y en sus dedos, cebados,
que terminaban en unas largas y purpúreas garras, lucía un
solitario de relumbrón.
Jarrones de oro y plata
embellecían algunas consolas, adosadas a la pared, semejando
rendir honores militares a la ilustre y civil calabaza,
colocadas, como estaban, a ambos lados de la misma.
Comenzó el agasajo en un
aposento contiguo.
Esperaba subrayar, sus
buenos modales, comiendo con delicadeza. Los preceptos de
urbanidad, sin ser esenciales, para la revolución
nacional-socialista y sindicalista en movimiento, eran
marchamo, indiscutible, de distinción.
Le había dicho un antiguo
falangista:
--"Come sin vergüenza que
esto lo pagamos entre todos".
Se puso manos a la obra,
comenzando con una nécora esmirriada y terminando con una
minúscula almendrilla. En un santiamén se habían liquidado,
los comensales, todo el mondongo, precipitándose como buitres
a la carnaza. Comieron a dos carrillos y a él dejaronle con
sus reglas de urbanidad inmaculadamente intactas.
--"Te dije que comieras sin
ningún protocolo, que esto lo pagábamos todos"-- le reprochó
el hombre que había sido falangista en la dictadura anterior.
Y los de la rondalla,
riéndose:
-- "A nosotros, al
principio, nos pasaba igual: nos quedaban a dos velas".
4. Desenlace
Luego llegó el besamanos.
Se sintió mal, muy mal; no
sabía si abandonar o mantenerse firme, hasta el final; la
vergüenza podía más que él, anulándolo casi por completo.
Sin comprender cómo, fue
transportado hasta la ricahembra en una columna de la que
ninguna, absolutamente ninguna persona, se evadía; la
gobernadora, displicente, daba su mano a besuquear y murmuraba
algo con los labios.
Se interrogaba acerca de
cuál debería ser la expresión más conveniente en estos
casos... y no descubría los términos idóneos.
Llegó su turno; tenía el
rostro ardiendo y no de la bebida precisamente, que no había
llegado a saborear ni una lagrimilla de tintorro, tan
siquiera; sino de la vergüenza, que se atropellaba por salir
rozando los poros de la piel de su cara; debiósele poner la
faz aún mas atomatada, solo de sospechar que detentaba una
encarnada vergüenza.
Le tranquilizó el observar
que, la faz de la ínclita gobernadora, entreabrió sus morros
calabaceros, cálidamente, sonriéndole como un melonar entero
de calabazas: como si todas las calabazas del mundo le
sonrieran; y alargole su mano.
Aproximó él, ya mas
tranquilizado, sus labios a la untuosa carne de tan egregia
extremidad; y, antes de asentarlos, de posarlos, suavemente,
con elegancia, como pensaba hacerlo, y con toda la delicadeza
aprehendida, la señora, alzola, repentinamente; la sortija de
su dedo, actuó como reja de arado, surcando, arañando, también
egregiamente, su mejilla; y la uña se le clavó en el globo
ocular, como una flecha señorial e imperial, del desventurado
dirigente neofascista.
Soporta heroicamente el
dolor; y, cuando desembocó, su resistencia, en el pasillo de
la mansión gubernamental, quedó desarbolado ante el empuje
agudísimo del dolor; no pudiendo resistir por mas tiempo se
llevó las manos al ojo y a la mejilla, quejándose.
-- ¡Hostias! ¿Qué te ha
pasado en el ojo?--exclamó el ex falangista, roja la cara del
tintorro y de la risa.
-- ¡Joder! ¡Si tienes toda
la cara hecha un cristo de arañada que está!--prorrumpieron
los de la rondalla, riendo a carcajadas.
Preguntábamos al principio
si... ¿fueron unos esbozos, altamente positivos, para él,
aquellos incidentes?... Y no sabríamos que contestar.
Lo que si habíamos dicho es
que conoció y sufrió uñarada de alcurnia cuando pensaba
atiborrarse, aristocráticamente, de nécoras, percebes y
cigalas.
Y lo que la historia nos
dice es que, desde entonces, lo llamaron "Facha tuerto".