Abierto en canal
La
temperatura sofocante se extiende hasta la molondra del que,
sentado a la sombra del baobab, sueña en repetir heroicidades
pretéritas, al tiempo que las moscas tsetsé se ceban en la
comisura de sus labios que alambican un filamento de transparente
espumarajo.
Al
lado, la alcandora humea. Humareda de unas carnes futuras
ardiendo en despoblado. Se da la vuelta y, con la mano, espanta
las moscas que levantan el vuelo para lanzarse de nuevo en
picado sobre tan apetitoso líquido.
La
hoguera, humeante, está dispuesta. Humo que asciende en ofrenda
a unos dioses desconocidos.
Se
sonríe entreabriendo sus labios por unos segundos; rendija
que, inmediatamente, es taponada por otro enjambre de moscas.
Por
los cuatro puntos cardinales de la aldehuela se aproximan
las alimaña carniceras, cautelosamente: no se fían del que
dormita apaciblemente --conjeturan peligro-- a la sombra del
árbol tutelar, del árbol bienhechor, del ancho baobab.
Mientras tanto esparce la jornada una llovizna de pereza,
aunque el fuego siga esparciéndose como un reguero de pólvora.
Se
despierta sobresaltado; manotea violentamente para espantar
los molestos bicharracos.
Escupe algunos de los que se han introducido, fraudulenta
y desvergonzadamente, en su boca; no todos salen fuera de
su cueva: algunos, por impertinente e imprudente insistencia,
son mordisqueados y engullidos; apoderándose del lugar que,
en su estomago, lo hubiera ocupado una tierna y suculenta
tajada de carne; pero, como dice el refrán, a falta de mijo,
(o de puré de fufú con verduras y salsa de okro, regada con
un buen vino de palma), buenas son tortas; el vientre las
saluda agradecido y el alma del hombre, refleja esa alegría
del cuerpo sonriendo de nuevo.
Luego, los insectos, mas cautos, ni se acercan.
Las
fieras se han apostado detrás de los espinos y escaramujos
que encarcelan o defienden (según como se mire) al poblado.
Avizoran los movimientos del hombre. Las lenguas acarician
sus hocicos: se lengüetean de la posible satisfacción. Si
no pegan el paso adelante se debe, lisa y llanamente, a su
desconfianza.
Sus
presagios, han resultado, desgraciadamente, advenimientos
irrefutables: los moscas, embuchadas sin piedad, son una representación,
minúscula, de lo que puede ser, y ha sido, capaz ese hombre,
que antes dormía tumbado a la sombra del baobab, a la menor
oportunidad que les brinden.
Y,
natural, no se fían en absoluto.
Vuelve a sonreír el hombre solitario, ahora bestialmente;
ha visto, la fosforescencia codiciosa, en los ojos de las
bestias, por entre la tupida enramada de espinos. Solo le
queda la espera paciente, hasta que determinen el momento
oportuno de materializar su ataque.
¡Que
avancen una zancada, un solo tranco, aunque sea!.
Lo
anhela vehementemente. Se halla presto y pertrechado. Lo está
del mismo modo la empalizada. Están listos los cuchillos.
Está dispuesto el fuego. Y está preparado, especialmente preparado,
su estómago.
Lleva
varios días sin comer y se encuentra mas solo que la una:
cuando regresó a su aldea los esclavistas habían arramplado
con todo: enseres, esclavos y habitantes de la aldea. Con
ellos se fue el único motivo para seguir viviendo: su esperanza:
todo lo que tenía en el mundo: progenitores, prometida, camaradas
y amigos.
Había
levado anclas el barco y partido, rápidamente.
Y,
para mayor escarnio, ya sin tiempo para saciar justas y sangrientas
carrañas convenientemente, pudo contemplar, con llanto en
los ojos, cómo se alejaba el barco y desaparecía en el horizonte
dejando una estela en el océano.
Y
pudo del mismo modo escuchar, a modo de burla cruel, el postrero
saludo de su sirena.
Se
mesó los cabellos; se arañó el pecho; se dio cabezazos en
la tierra; maldijo a los dioses; tocó el tam-tam; bebió vino
de palma envuelto con dientes de cocodrilo machacados y veneno
de alacranes; y bailó toda la noche. Y lo mismo ha hecho los
tres días y noches siguientes.
Pero
no puede seguir perpetuamente.
Hecha
un vistazo a la empalizada: no se han ido aún y tiene, por
tanto, la esperanza de que, al fin, se decidan a entrar en
la plaza. Puede adivinar las hienas, los chacales, los tigres,
las panteras, los leones...
Se
coloca el tam-tam entre las piernas: vuelve a lanzar el mensaje
a las aldeas vecinas. Y aviva el fuego que arde en mitad de
la plaza: las llamas se elevan: lamen el aire: chisporrotean:
cantan.
Se
separa del fuego.
Es
lo que esperaban las alimañas para brincar los espinos y galabarderas
e irrumpir por los cuatro puntos cardinales en la plaza: trancos
felinos, no obstante cautelosos; eso si, decididos; ojos coruscantes;
lenguas golosas fuera; rezongos desvergonzados ...
El
hombre se apresta. Extrae el cuchillo. Mira por encima de
la empalizada. Tras un instante de indeterminación, muy poquito,
no hay tiempo que perder, levanta el cuchillo decidido y dispuesto
a abrir el vientre en canal y hundirlo en el cuerpo hasta
la empuñadura...
Las
fieras, sorprendidas por una lluvia de flechas, abandonan
el objetivo, que tenían entre ceja y ceja, emprendiendo la
fuga a todo correr por donde pueden.
Los
habitantes del poblado mas próximo, alertados por la comunicación
del tam-tam, se pusieron en camino, lo mas apresurado posible,
en amparo del hombre.
Pero
tarde, demasiado tarde, irremediablemente tarde: solo tienen
tiempo de observar, como se abre en canal y, clavándose luego
el cuchillo en el pecho, se arroja a la hoguera.