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BUEN DIAS, SEÑOR… ¿QUÉ HACE?

 

Paso 1. 

La silla, donde estaba sentada, se hallaba bajo una tenada en el lado norte del corral. Las moscas, por cientos, acudían a ella posándose en manos, cara, brazos...  

La molestaban. Vaya si la molestaban. Hoy más que nunca. Se estaban poniendo pesadas. 

Si bien no era de extrañar porque hacía muchísimo calor. Cuarenta grados a la sombra, en el corral por lo menos.  

Y en ese instante, precisamente en ese momento, no las podía ni ver. Las había saludado. Muy  educadamente. A todas ellas: 

-- Buenos días, ¿qué hacéis? 

Y no le contestaron.  

--¡Maleducadas! 

Era algo que le sacaba de quicio. Desde siempre. La mala educación.  

-- Ante todo hay que ser educado. 

Y lanzaba ¡zas! la mano a una mosca, matándola. 

-- Las buenas maneras hacen el mundo más agradable. 

Y mataba a otra. 

-- A uno que no saluda... ¡bueno, bueno!... habría que hacerle algo... 

-- ¡Mierda de moscas! ¡Maleducadas! –repitió. 

Dio un manotazo y despanzurró a varias, echándose a reír. 

Se levantó de la silla. Echo sus brazos fornidos a la espalda y enlazó las manos. Luego, llegada a la puerta del corral, la abrió y salió a un callejón.  

Allí corría una brisa agradable. El cielo estaba claro, limpio, diáfanamente azul. Golondrinas y vencejos surcaban el aire con sus chillidos.  

Era un callejón corto. Recoleto, podría decirse. Las paredes de bloques de hormigón.  

Por encima de la pared de la izquierda sobresalían las ramas de una higuera. A su sombra un guirigay de pájaros la asustó. 

-- ¡Otros que tales! ¡Sinvergüenzas, maleducados! 

Al fondo del callejón, frente a unas puertas correderas verdes, su amigo, Leovigildo, la saludaba con la mano. Y daba saltitos, como un mono al que, por otra parte, se parecía muchísimo. 

-- Mira que es feo el condenado –pensó- Pero la fealdad no está reñida con la educación. 

Echó a andar hacia él. Paso cansino que sonaba sordo rebotando en las paredes. Brazos poderosos a la espalda. Manos entrelazadas. Mirada fija. A veces feroz. Otras mansa.  

Al poco se dio cuenta que hacia la mitad de la calleja estaba ‘ese’ escribiendo. Decía ‘ese’ con odio. ‘Ese’ era el de ayer. Forastero que no la saludó. Y lo miró varias veces. Nada, ni un pequeño movimiento. Ni volvió la cara. Como si ella no fuera nadie. 

-- Como si no me oyera. ¡Vaya, si me oyó! Y si no me oyó... me va oír ahora. 

Se dio la vuelta. Y con el mismo paso cansino se dirigió al corral.

 

Paso 2

 

El mono Leovigildo gritaba dando saltos: 

-- ¿Onde vas? Virtudes, ¿onde vas? 

--“Que le importará a este macaco. ¡Dios, qué feo es!” --Pensó para sus adentros.  

Volvió la cara: 

-- Ahora vuelvo. Tú, quédate ahí. Te vas a reír un rato. 

Al abrir el corral una vaharada calurosa de mierda la saludó. Su hermano había vaciado las pocilgas y el estiércol, acumulado en el medio del corral, humeaba. El calor, y ahora el olor, eran allí insoportables. Las moscas se cebaron en su cara ovalada y surcada de arrugas. Le entró un odio feroz a todo. Tiró la silla. Cogió a un cerdo y lo lanzó en medio del estiércol, quien, gruñendo, corrió a refugiarse en la pocilga. Lo mismo hicieron otros cerdos. Gallinas y pavos también corrieron a esconderse. 

Su hermano, saliendo de casa, alarmado por el ruido, la riñó de mala manera. 

--¡Ya estás otra vez con tus manías!. ¡Un día me voy a hartar y te voy a poner de patitas en la calle! ¡Me tienes hasta los cojones!.  

-- Si no he hecho nada. Por favor, no me digas eso. Yo te quiero. 

--¡Sí! ¡Como a mi mujer! ¡Cállate, hostias, que no sé como me contengo! –exclamó enfurecido y se metió otra vez en casa. 

En el callejón reinaba el más absoluto silencio. Junto a las puertas traseras verdes, Leovigildo estaba atento, mirando hacia la puerta del corral por donde había entrado la Virtudes.  

De pronto, comenzó a sonreír. Luego a reír. Abrió la boca de la que le salía un hilillo de baba. Mas tarde se puso a reír a mandíbula batiente, mientras se tiraba por el suelo. Se revolcaba y se levantaba como un verdadero macaco. Y apuntaba con el dedo, desternillándose de risa. 

Tal escándalo preparó Leovigildo, que el hombre, el ‘ese’ de Virtudes, que estaba en medio de la calle, escribiendo, y que era un poco sordo, lo miró extrañado y como apuntara con el dedo hacia él, se miró por ver si tenía algo; nada, no notaba nada; en esto se le ocurrió mirar atrás... 

Justo el tiempo de ver como la Virtudes descargaba un hachazo sobre su cuello. 

-- ¡Toma! ¡Para que otra vez cuando te pregunte, contestes! 

Virtudes, ve como el hombre se levanta con la cabeza ladeada por el hachazo. 

-- A ver si has aprendido educación... Buenos días, ¿qué hace usted? ¡Conteste! 

Una bocanada de sangre le sale al hombre por la boca. Da un traspiés y cae al suelo. Se levanta una bruja de viento y, las cuartillas que escribía, salen volando esparciéndose por el callejón.. 

Mientras tanto, al fondo, Leovigildo reía, saltaba y gritaba: 

-- ¡Dale, dale!

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