Por
una calle, corta y estrecha, de un pueblo de Castilla, que
mas parece un callejón y cuyas paredes muestran la historia
del arte de la albañilería popular a lo largo de los años,
el barro, el ladrillo rojo, la piedra arenisca muy erosionada,
los recientes bloques de hormigón cenicientos... viene, en
la tarde sofocante del verano, un hombre de gafas oscuras,
ya entrado en años y que porta, en la mano derecha, una garrafa
y, en la izquierda, una bolsa de plástico.
Viene
pegado a la pared. Aprovechando la sombra. Todo bicho viviente
a esa hora está refugiado al abrigo de nidos y agujeros. Los
pardales que se atreven a salir es solo para volar rápido
a otra sombra. Las bandadas de palomas no obstante comienzan
a volar entorno de la torre de la iglesia. El reloj del templo
marca las cuatro y media.
Desde
una callejuela transversal alguien grita:
--
¡Remigio!, ¿dónde vas con la calor que hace? ¡Te vas a achicharrar,
hombre!
--
Hola Eutinio... A la bodega voy, que allí se estará bien.
– responde sin pararse.
--
Ya se ve que viene tu hijo de vacaciones.
--
Así es… Bueno, Eutimio, hasta luego. Perdona que no me entretenga,
pero como hace tanto calor y después de lo que he pasado…
--¡Ale!
¡Con Dios! –le vocea Eutimio.
El
hombre que decía que iba a la bodega era de pequeña estatura,
regordete; lleva una gorra de plato de color gris, pantalón
gris, camisa gris y zapatillas grises.
Todo
gris. Hasta su expresión era casi gris, menuda, tímida.
Pero...
por dentro estaba arcoirisado. Radiante. Exultante. Tan alegre
que se salía de si. Levita.
Era
verdad que había pasado parte del invierno y toda la primavera
deprimido. Muy deprimido. Una desazón, un desasosiego, le
había carcomido la moral hasta casi derrotarlo ¡lo que hace
el querer!
Afortunadamente...
eso había pasado. Su hijo vendría de vacaciones dentro de
unas horas (tres escasas, pensó) y como, nada más bajar del
coche, le gustaba ir a la bodega... iba a poner la bombilla,
preparar la mesa, colocar unos chorizos en ella, sacar unas
guindillas avinagradas de la vasija de barro...
Llenaría
la garrafa de vino para llevarla a casa y darle unos litros
a la Teresa, la vecina que tan bien se portaba con él; antes
iba a enjuagar dos jarras de vino y las llenaría...
Pero
no, las jarras las dejaría que las llenara él, su hijo, ¡faltaría
mas!... Le gustaba retorcer la espita para que se oyera el
chirrido que producía al rozar con el canuto de la cuba...
y, cómo no, oír el ruido del chorro del vino al salir de la
cuba y dar en el fondo de la jarra.
Recordaba que solía decirle: --
Padre, ¿se da cuenta cómo va cambiando el sonido
a medida que se llena la jarra?
Tapaba el agujero. Acercaba la jarra a la nariz
y aspiraba exclamando: -- Esto es
fluido de dioses, padre. Y la espuma, el adorno. Pétalos blancos
para que no se vaya la esencia. ¡Divino!
Llegó
a la puerta de la bodega. Sacó la llave. Abrió. Antes de entrar
se pasó la mano por la frente. La verdad: calentaba de cojones;
tenía razón el Eutinio. Miró alrededor. Algunas plantas habían
crecido a los lados de la puerta. Entre ellas varias de diferentes
cardos. Todos ya semisecos. En la parte norte había musgo
también medio seco.
Le
cegó la luz del sol que daba en las piedras de la entrada
de la bodega de enfrente. Las golondrinas y vencejos comenzaban
a salir de sus nidos. Y ya se oían sus chillidos y se les
veía revolotear en el cielo azul.
Volvió
la cabeza y miró decidido dentro de la bodega. Olía a humedad
y por supuesto a vino. Los peldaños de la bodega estaban un
poco resbaladizos. Tuvo que agarrarse a un saliente de roca
de la pared para no caer. Reconoció que ya no estaba en condiciones
de bajar con la rapidez de antes a la bodega; que tenía
que andarse con cuidado; eso sí: un sacrificio por los hijos
siempre se hace; pero con tino, sin pasarse de rosca no vaya
a chirriar como la espita.
Bien
sabía él que ese resbalón se debía a que había perdido mucha
agilidad en esos meses que le duró la depresión. Apenas había
salido de casa. Pero ya estaba curado. Y no iba a dejar que
por un pequeño traspiés se hundiera otra vez en el abismo,
en esa bodega oscura y tenebrosa que había sido el obsesivo
recuerdo de su esposa muerta y del hijo trabajando lejos del
lar paterno.
¿Qué
diría su hijo si lo viera decaído?... Y su nuera... ¿qué impresión
se llevaría?... Por cierto... ¿cómo sería?... Una hermosa
hembra, sin duda. Y cariñosa como la madre que había parido
a su hijo.
No
pudo reprimir unas lágrimas al recordar a su esposa.
Siguió
bajando peldaños hasta llegar a la plataforma donde se podían
apreciar, débilmente, arrimados a las paredes, cubas, garrafas,
botellas y vasijas de barro. Todo un poco desordenado.
Puso
la bombilla. Limpió la mesa. Ordenó el desorden. Vio la tarea
realizada y estuvo de acuerdo con ella. Luego miró el reloj:
quedaba aún tiempo para que llegara el hijo con la nuera.
¿Qué mejor sitio donde recibirlos que allí?... La Teresa se
encargaría de avisarles dónde estaba él. Aunque su hijo se
lo imaginaría enseguida. La bodega era como su segundo nacimiento.
Por eso siempre estaba tan a gusto en ella.
Su
segundo nacimiento. Efectivamente. No se le olvida el suceso.
Y cuando lo recuerda siente como un estremecimiento: bajó
aquel otoño con su hijo a limpiar las cubas; había que hacerlo
antes de meter las uvas de la reciente cosecha; era un trabajo
que se hacía desde hacía muchos años; y nunca pasaba nada;
pero esa vez si: su hijo, que había entrado en la cuba más
grande, no salía de ella; lo llamó; nada; silencio...
Inmediatamente
supo lo que había pasado; y con rapidez, sin perder un instante,
saltó, se subió hasta la abertura y se metió en la cuba: su
hijo estaba inconsciente, se había mareado; eran los gases
venenosos que produce la cuba; si no lo sacaba rápido se moriría;
con gran esfuerzo lo logró llevar hasta el agujero de la cuba
para que respirara; poco a poco volvió en si... ¡qué mal lo
pasó!
Con
razón su hijo les decía a los amigos que iban a merendar a
la bodega que era su segunda cuna. Por eso consideraba este
un sitio apropiado para recibir a su nuera. Y así entablaría
conversación con ella.
Además,
entre que subía, cerraba, bajaba la cuesta y subía la otra
que hay hasta su casa se pasaría el tiempo. Tardaría mucho
más.
Se
sentó. Miró al otro lado de la mesa y en voz alta dijo:
--¿Por
qué no nos tomamos un trago de optimismo mientras viene mi
vástago? ¿Estás de acuerdo? ¿Si? ¡Pues venga!
Se
levantó. Destapó la cuba. Llenó la jarra. Volvió a sentarse.
Sacó el chorizo de la bolsa de plástico y puso las guindillas
al lado. Acercó la jarra a los labios...
--
¡Remigio! ¡Remigio! – se oyó arriba. Era la Teresa.
--
¿Han venido ya? ¿Por qué no le has dicho que estaba aquí?
--
¡Remigio!... ¡Me oyes!...
--Si,
si. Te oigo.
--
Que dice tú hijo que no lo esperes. A última hora han decidido
ir a veranear a la playa. Que ya vendrá otro día. Más tarde.
Que te cuides. Que te quiere mucho.
--
¡Vale, Teresa! ¡Gracias!
Se
bebió un largo trago de vino.
--
¡A tu salud, hijo mío! Me cuidaré. No hay más remedio.
Las
lágrimas resbalaban por su cara.