Municipal y espeso
1º. La Corbata Gris
De
entre el barullo producido por las conversaciones, el ruido
de los platos, el sonido del vapor a presión de la cafetera,
las máquinas tragaperras, las fichas de dominó al ser golpeadas
en el mármol de las mesas, los chillidos y carreras de los
críos... sobresalían las voces de los nuevos sacerdotes que
en su púlpito imparten el sermón televisivo diario a feligreses
y... extraños quieran o no quieran.
--“...
¡justamente! eso es lo que queremos con este debate, sentado
el precedente de lo sucedido: acordonar indumentarias de asentimientos
unánimes ante la causalidad; no caer en el espíritu de la
banalidad que ese hecho ha metabolizado, por una voluntad
de homologación, que la ha empobrecido, a una tautología narcisista”
-- recordó
el ilustre presentador-moderador.
Tenía
que ser un suceso importante y muy sonado pues trataban de
acordonar algo.
Si
bien no estaba claro del todo al añadir aquello de ‘indumentaria
de asentimientos unánimes’; no se entendía el hecho
de que ‘los consentimientos se vistieran unánimemente’;
aunque las corbatas y los trajes grises indicaban, ya, algo;
podría aparecer el pensamiento arropado con parábolas; o escondido
tras una terminología críptica o...
Habría que aguzar el oído.
--“Y
esa apología inocua, solo en apariencia, por cuanto vehículo
de conformismo supletorio ¿qué es sino guilladura afectuosamente
exquisita que niega la objetividad?”
-- contestó el
primoroso preguntándose.
¡Ah!
--“Imperturbabilidad
aledaña a la indiferencia campechana, veo yo, sin mas; con
sus escombros el muro decreta, entonces, como irrevocables
el fracaso de las dialécticas del "ser-contra",
independientemente de cuales sean sus méritos y la fascinación
de sus indagaciones críticas ‘locales’”
-- respondió el contertuliano profundamente satisfecho.
Se
le notaba la satisfacción en su cara redonda y carnosa; ligeramente
encarnada; de ojos azules; nariz regordeta de payaso; indumentaria
de chaqueta y pantalón también ligeramente agrisados para
no desentonar; labios sensuales; el pelo entrecano… : campechano,
muy campechano todo él.
--“O
maquiavélica y desabrida ordinariez dicha, si se me permite,
en (‘mercachifle descrédito’), entre paréntesis, de la masa
vecinal y mucilaginosa; enmascarando con chinchorrera hipocresía
un unísono y placentero cántico de subjetividades: desmesura
de un lado oscuro que también les pertenece: el eclipsarse
de la libertad, el congelarse de la ciudadanía, cuando la
posibilidad de acción, de cada quien, es lobotomizada por
la disyuntiva entre el decir y el hacer” --dijo
otro retorcido tertuliano cuyos rasgos eran muy similares
al campechano anterior.
Verdaderamente... ¡cuánto sabía!
Gallardo defensor de relucientes agujeros grises o negros;
fantasmagórico sinvergüenza, al decir de varios; de sobra
sabía que, mientras quede poso o madre puede seguir haciendo
vino la cuba: otra cosa es la calidad; mas no quería entrar
a discutir acerca de la calidad del mismo. ¡Por algo sería!
Y
de sobra sabía, también, ocultándolo celosamente, el abecé
del campesino: lo de la semilla que perpetúa la vida; aunque,
como en este caso, se programe para que nazca ‘lobotomizada
por la disyuntiva entre el decir y el hacer’.
--“Equiparable
alegoría: acarrear y aderezar ubérrimo y loquesco desparpajo
de brutalidades; porque sí, escudándose en filosofías clasistas
que pretenden identificar a la sociedad como esclavitud moderna:
un pensamiento con vocación crítica, autentica y radical,
que, sin embargo, se desmiente degradándose a ideología consoladora
tan pronto identifica la construcción de las relaciones humanas
‘liberadas’, con la simple negación de la existente, fiándose
de una dialéctica ya inscrita en la cosas, de alguna manera
‘predestinada’” --terció
el objetivo muy, muy, pero que muy, serio; barba aperillada,
nariz aguileña de jefe agareno de un reino de taifas; y ojos
que se encendían a veces, pocas, al compás de la sonrisa de
sus labios finos.
Estaba aclarándose el debate: por lo que se oía, iba de parábolas.
¡Seguro!
--“Ausencia
de pasarelas bravas, pienso; solo barcazas, pateras que la
prensa ha popularizado, que llevan en su vientre, ¡eso: ubérrimas
ausencias! y...” -- no terminó el presentador-moderador.
--“Desprovistas
de enrojecimiento, se me ocurre; toda sustracción de poder,
compartido a individuos refractarios a la homologación del
conforme, constituye un embrión de totalitarismo”
--insistió en la misma dirección el que habló en segundo lugar.
Había
intervenido tan aceleradamente, saltando como un resorte,
de forma que, si se trataba de parábolas, lo que se dice parábolas,
estas, debían ser profundísimas: no se les veía el fondo;
o se escaparon, como peces, de las manos y estaban nadando
en las zonas abisales.
--“Deslumbrante
aquiescencia; fluye empapando enfrentamientos que no conducen
a nada; aguas adiestradoras de deficitarios manantiales”
--recalcó en la línea de su pensamiento anterior el tercer
interlocutor.
El
barullo se hacía más y más ensordecedor.
No
obstante, enfrentamientos, lo que se dice enfrentamientos,
no se percibían por ninguna parte; ¡como no fueran los de
ficha contra ficha en el mármol de las mesas de dominó!....
2º.La Soga gris
‘Deficitarios manantiales’, ‘deslumbrante aquiescencia’, ‘carencia
de enrojecimiento’, ‘ubérrimas ausencias’, ‘desparpajo de
brutalidades’, ‘desabrida ordinariez’, ‘asentimientos unánimes’...
habían dicho. Todos lo pudieron oír.
--
¡Qué cabrones! --exclamaría, sin poderlo resistir,
el espectador del programa matinal que acabaría de salir de
la ducha mientras desayunaba.
--¡Que
hijoputas!--completaría
otro televidente, observando el programa de la noche, quien,
por fin, había podido asentar su trasero después de doce horas
de trabajo a pie firme.
A
borbotones, con saledizos adecuados al intenso caudal de indignación,
que amenazaba desbordarse por momentos, expulsaba sus frases.
--
¡Qué frases! ¡Palabros, coño! --dijo alguno. Y
otro-- ¡Si palabros!: ¡palabrotas! ¡Qué cojones!.
Al
fin, fue calmándose, considerando que, ya, su deber había
encontrado el marco oportuno a su ‘caudal de indignación’
cayendo engullido por el televisor en autodestructiva conciliación
consigo mismo.
Rayano desenlace al orteguiano concepto de rebelión de las
masas que se mueven a impulsos emocionales sin norte, sin
brújula; en una palabra: irracionalmente.
--¡No
tan irracionalmente, leches!
Hundidos, por mejor decir, en la masiva individualidad, valga
la paradoja. Individuos surgidos con clónica hechura: en serie,
como los calcetines; y en paralelo como las líneas matemáticas
que, por mucho que se prolonguen, nunca llegarán a encontrarse.
Vamos, ‘paseando su independencia jactanciosa’
cual ‘jornalero sin zapatos’, que había dicho el poeta
chileno. Individualidad que otro poeta consideró la mas corriente
y vulgar de las estupideces aristocráticas. Individualidad
que en los tiempos que corren --¡joder si corren: vuelan!--
cobraba visos claros de anáglifo donde se vierte la mala leche.
Amargo anáglifo que dirigentes, jefes, líderes --encauzadores
(¿embaucadores?) todos-- colocan para que se metamorfosee
en cáliz de licor suave, divino, lo que es...
--Eso…
¿qué es?...
--Pues
eso: ¡una verdadera mierda humana!
--Amistad
escalofriante nos brindan
--se le ocurrió, como reflejo, al místico.
--Veneno:
profanación íntima que taladra sembraduras
--afirmó, mirándose en el púlpito, como en un espejo, el taumaturgo.
--Láminas
elásticas que se estiran y encogen como la picha de san Jorge
--saltó el vulgar misacantano, por decir algo aparentemente
erótico. Pero que no venía a cuento.
--En
resumen: infamias, negativas lámparas
--espetó el sabihondo alumbrador de caminos, senderos, atajos,
trochas y veredas. Ese que no se mueve del escaño, cercano
a la lumbre, en todo el santo día.
--Vagabundeos
lecheros
--fue la opinión mas original. Cuyo substrato lácteo nadie,
absolutamente nadie, sabrá si era a causa o reflejo de la
profesión ganadera del sujeto interviniente o... ¡quién sabe!...
a la influencia mamaria de su amada esposa mantecosa; o de
sus queridas vacas holandesas, que también las tenían de buen
ver, como es lo mas probable.
--Evidente
infanticidio execrable
--recogió, por último, el pedante.
Empero lo hemos copiado nosotros, al considerar, como consideramos,
que había dado en el clavo. Y lo consignamos aún a riesgo
de que se nos considere otros individuos con parecida, o exactamente
igual, hijoputesca pedantería.
Pero
viendo lo que estábamos viendo en el recinto donde destilábamos
‘nuestra rebeldía’ --mas bien soterrada de vino y cerveza--
conocimos que había acertado en la diana, en el blanco, en
el mismo centro del blanco...
¡Pum!,
vibraba, perturbado, como un diapasón...
Alguno nos dirá que por qué: muy sencillo, se adentraba en
el futuro y... ¿qué mas futuro que las generaciones venideras
tronchadas en agraz?...
¡Pum!,
seguía vibrando, como un diapasón.
3º. Remate o Epílogo siniestro
Y
es que el infante se acerca al padre, que bebe (como bebemos
todos nosotros) con sus ‘amigos o amigotes de vinos’,
‘camaradas o camarillas de cerveza’, acodado en la
barra del establecimiento:
--¡Papá,
papá!
--y le tira del pantalón al padre municipal, espeso, dominguero
y mucilaginoso.
--¡Estate
quieto! ¡Y vete de aquí o te suelto una hostia!
Evidente infanticidio: no cabe la menor duda.
--¿Qué
edad tendría el niño?
--Seis
o siete años, como mucho.
--¡Ah...!
--¡No
me jodería mas que tuvieran razón todos los sinvergüenzas:
esos que desde el púlpito televisivo nos sermonean a diario
con sus hijoputeces desorientadoras!
¡A
ver!