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La Gorrina

"Por todas partes / se precipitan las flores / sobre el agua del lago"
Matsuo Basho

1º.

Buscaba laberíntica pureza, pero rompióse el cristal que la ocultaba.
Escondía el negativo bajo entrañas endurecidas por la vida.

Cuando lo contaba La Gorrina, que así la denominaban en el pueblo, se ponía a llorar: habían tenido una flota de camiones, cine, sala de baile y, además, habían ganado muchísimo dinero con el estraperlo, pero se le murió el marido que era un cacho de pan ¡Dios lo tenga en su gloria! y ahora le quedaban, solamente, dos o tres pisos en el pueblo y había tenido que emigrar a la ciudad.
Todos decían que era una mala mujer; ella estaba enterada de las habladurías; se defendía y se disculpaba aclarando que eran pura animosidad contra ella.
-- "Aún me tienen envidia de lo que fui; ellos son los malos, ellos".
Muchísimas veces concluía su alegato así:
--"¡De mi se van a reír!. De eso nada. Yo no soy como mi difun to marido que, de puro bueno, era tonto".
Lavó su suave y yerma soledad visitando los mercados en verano cuando venía de la capital; avanzar lentamente, balanceándose como un macaco tripón, sobrecargando todo su cuerpo alternativamente a cada zancada que daba; más tarde se apoyó en un cayado; resollar caminando por las calles, como una gorrina, a causa del asma y de los años; jeta ovalada, áspera, desvergonzada, volviéndose empalagosa y servicial en ocasiones; lengua aprestada a la maledicencia y al panegírico hipócrita; y si era necesario, arrastrarse como culebra; o a discutir, por la menor, con los vendedores de los tenderetes de mercaderías; que si podía sisarles algo, lo hacía con superlativa inverecundia.
Su comportamiento era, al manifestar de algunos, carantamaula xenófoba por su doblez y a causa de que diseminaba la lordosis de su alma por entre la muchedumbre como un sembrador espurio; en algo tenía que entretenerse ya que el otro tiempo no fue propicio a germinacion es: no quiso el "Supremo Hacedor" darle correspondiente descendencia.
Carantamaula xenófoba, efectivamente, pues para ella, los otros, los que no pertenecían a su hato de gorrinos, eran extranjeros; incluso, adentro de su misma piara familiar lo eran igualmente.
Fue un acontecimiento sonadísimo su defunción y comentado, humorísticamente, en el pueblo por su escatológica postura yacente. Ulteriormente se olvidaron de ella.

2º.

Adoliva, muchacha argentina, alquiló uno de los apartamento de La gorrina por una añada; a la terminación de la cual se trasladó, en el seno de la misma vivienda, a otra planta, arriba, mas confortable y, sobre todo, mas económica; que otros propietarios, menos lumias, le quisieron alquilar; tenía que mantener a su hija de dos años y medio: todo ahorro era poco teniendo en cuenta el trabajo perecedero que por aquellos años, y hoy mismo, imperaba; y escapada, como estaba, de su nación a causa de su responsabilidad contraída con la militancia montonera no percibía asistencia regular que digamos, sino mas bien de una manera esporádica.
Su compañero había sido asesinado por la dictadura militar; y ella se salvó "por los pelos"; al manifestar esto sus labios mostraban siempre una alcocarra irónica, mordaz; "por los pelos del coño", aclaraba mas tarde, tratando de quitarle hierro a su tragedia; y es que, después de ser violada, no supieron que hacer con ella; y desapareció con otros de su cautiverio a la menor oportunidad que se le presentó.
¡Bueno!, está convencida que permitieron su escapada para no tener, los profanadores, todos militares, contrariedades con el jefe superior que mandaba esa circunscripción, "bestia fascista", sí, subrayaba ella con marcado hincapié, pero un moralista de tomo y lomo y riguroso defensor intransigente de las "normas de guerra justa contra la subversión" como apellidaban a la represión fascista; esto le salvó la vida aunque no está segura de si no hubiera sido mejor que la ejecutaran; lo cierto es que vino a establecerse a este municipio en España después de numerosas peripecias, entre las que se contaba el nacimiento de su retoño femenino.
Cuando se mudó a la vivienda de arriba, reclamó a La Gorrina la recuperación de las tres mensualidades de garantía depositadas en el banco en la cuenta de esta; se lo recordó varias veces y la señora hacía oídos sordos.
Pasado un año y, encontrándose sin trabajo, acudió al domicilio de la señora "gorrina" pidiéndole, por favor, que le devolviera la fianza, vital pasa su subsistencia y la de su hija; fue una entrevista infructuosa; poco después falleció su hija a consecuencias de una enfermedad, según pensó ella, transmitida por los parásitos que abundaban en el piso precedente; para mayor desgracia no pudo suministrarle los medicamentos necesarios y urgentes al no tener dinero para adquirirlos en la farmacia; con la fianza hubiera salvado, sin duda, la vida de su hija, pues al mes siguiente encontró trabajo.
Luego de lam entar la pérdida de su hija, Adoliva se comprometió a vengar su muerte y a darle un escarmiento a La Gorrina para que no olvidara, jamás, el ladronicio cometido.

3º.

Al regresar del baratillo, que, como ya se ha dicho, iba muy a menudo, La Gorrina se encontró la puerta embadurnada y con un escrito que ponía: "paga lo que debes, gorrina" y en el pavimento una cagada; inmediatamente sospechó de donde procedía; sorteó el excremento y penetró en su vivienda y cuando fue a limpiarla resultó ser un engaño de los que se venden en el mercado de las bromas.
Le sentó mal, pero que muy mal, aquella burla; ¿desde cuando era, ella, una marrana?; ella, que tenía la casa como los chorros del oro; que ya, en vida de su marido, este, le había regañado por dedicar excesivo tiempo a esos menesteres, olvidando otras obligaciones conyugales; y que no había hecho nunca caso al saber, como sabía, a que obligaciones conyugales se refería: a follar; como si, ella, precisamente ella, fuera un a puta; no, ella era una mujer decente, muy decente y muy limpia; y de tonta no tenía un pelo, velaba por sus intereses: eso era todo; ¿desde cuando una zorra, como esa argentina, le tenía que acusar a ella, precisamente a ella, de adeudar y no desembolsar?: no debía nada, absolutamente nada; si no le había devuelto la fianza, era, ni mas ni menos, por una razón bien simple: no tenía por qué devolverla; no la había devuelto nunca y no la iba a reembolsar ahora por la cara bonita de ella.
Tenía otras razones legítimas: estaba en el contrato, bien claro, que se trataba de un dinero destinado a paliar los desperfectos que siempre ocasionan los inquilinos que, como no es suyo el piso, ni se preocupan de arreglar los desperfectos, ni de cuidarlo como Dios manda; "de ella no se reía nadie; ella no era su marido; todos hablaban bien de él porque era tonto de puro bueno; y se reían en sus morros; pero, lo que es de ella, no se iban a reír; y esa zorra mas que zorra, menos; mejor sería que cuidara de los hijos y no los dejara morir, como lo había hecho; es muy fácil follar a todas horas, lo difícil es ser madre responsable".
Se había puesto en el disparadero: como un basilisco; y nadie la iba a parar. "Se va enterar la puta esa de lo que soy capaz".
Le entraron una ganas sublimes de evacuar. Se fue al servicio. Maldijo a todo el Ayuntamiento porque no había agua. La habían cortado. Miró el retrato de un político de la derecha, pensando que, si estuviera él en el gobierno, otro gallo cantaría. No podía resistir mas la mierda que por momentos amenazaba desbordar sus conductos; se iba a defecar calcillas abajo.
Evacuaría en el orinal ¡qué remedio le quedaba!; "¡ojalá fueran la argentinita y el ayuntamiento!", ¡iban a saber lo que era bueno cuando ella se enfadaba!.

4º.

Había hecho una estupidez y lo reconocía.
Casi inmediatamente, después de terminar la pintada, se había arrepentido; no lo había podido evitar; cada vez que pensaba en la muert e de su hija se encendía, se volvía iracunda, de tal modo que no controlaba sus impulsos; era superior a sus fuerzas mentales, a su raciocinio; no era la pintada en si, justísima e incluso de un valor nostálgico que cotizaba su acción con altos dividendos revolucionarios que, posiblemente, a nadie importaran ya: por unos segundos le había devuelto la remembranza de sus acciones pasadas contra la dictadura de los gorilas fascistas; contra esos generalotes que tantos atropellos, tantos asesinatos causaron: entre ellos el de su marido; y sobre todo la nostalgia de la tierra que tira y de los seres queridos que también tiran; se acababan de casar hacía poco cuando los detuvieron...
Fue una ráfaga añorante, de segundos, que apartó pronto.
Luego, sentada en el sofá de su nueva residencia, sopesó los pros y los contras de su acción: podía acarrearle la pintada muchos disgustos si La Gorrina se ponía borde, y se pondría, "¡menuda víbora que es!; lo dicen todos"; su situación de refugia da en un país extranjero no le permitía extralimitarse; extralimitarse no era la palabra exacta, no siendo ella la que se había extralimitado, sino La Gorrina; y no le daba derecho a aprovecharse de los demás, a abusar de los demás por ser española; con todo, sabía que estaba en situación de inferioridad pudiendo ser expulsada del territorio español; y estaba cansada de trasladarse de un lugar a otro; y, francamente, no era plato de gusto que la pusieran de patitas en la calle por una estúpida pintada; ¿dónde podía estar mejor que en España?.. Pregunta que contestaría rotundamente: en ningún sitio; y no porque su situación fuera boyante, que digamos, que no lo era; es mas, tan mal estaba que se le había muerto la hija por no tener dinero para las medicinas; pero no era a esa situación a la que se refería; podía decir con rabioso orgullo que se parangonaba, en este sentido, con la situación de millones de parados españoles; a lo que ella se refería, entraba dentro del universo de lo m alo: y dentro de él esto era lo menos malo; por el idioma, por la mentalidad, por la literatura, por parte de la historia común, etc; por muchas cosas, España, para ella, argentina, era el mejor lugar, sin duda, dentro de Europa.
Le iría a pedir perdón a La Gorrina y santas pascuas: resuelto.
Y no se hable mas del asunto.

5º. Epilogo

Dejó abierta, Adoliva, la puerta del piso, decidida a pedirle perdón, cuando vio subir a La gorrina acezando, roja de ira, sin el bastón y con toda la velocidad que le permitían sus piernas de vieja gorda y asmática. Al ver a su argentino enemigo en el descansillo, arriba, dijo a voces:
-- ¡Zorra mas que zorra! ¡Te vas a tragar tus palabras!
Alzó La Gorrina el brazo con evidente intención de arrojarle algo que tenía en la mano envuelto en un papel, pero, con tan mala fortuna, que su cuerpo, cebado, dejóse vencer hacia atrás, cayéndose de espaldas, escaleras abajo, hasta su misma puerta, desnucándose.
Quedando en postura tan grotesca que las narices se le hundían en el envoltorio lleno de mierda que agarraba con su mano.
Tenía su rostro una agria alcocarra. Y olía que apestaba.

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