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LA HIJA DE LA GOLONDRINA 

Por José Mª Amigo Zamorano

 

La golondrina que ayudó al Príncipe Feliz a hacer dichosos a los seres humanos y murió en el intento, había tenido varios vástagos. Todos, como es lógico y natural, lloraron la muerte de su madre. Y el menor más. Pasaron el invierno europeo en Egipto y cuando, en la primavera siguiente, retornaban del país de los faraones, discutieron en vuelo si irían, o no, a la brumosa Inglaterra. Estuvieron de acuerdo en que cada uno era libre de hacer lo que le viniera en gana: ya eran mayorcitos.

El más pequeño de los golondrinos, que era hembra, y a la que llamaremos La Golondrina, no quiso enfrentarse al dolor del recuerdo. Pensaba que la vida ya era de por si dura y ácida como para añadirle aun mas gotas de vinagre. De modo que se despidió de sus hermanos en la encrucijada aérea y enfiló rumbo a la Península Ibérica recalando en Castilla, la vieja y ancha Castilla de “largos ríos” como había dicho Machado (D. Antonio) y de hermosos campos de cereales.

Acostumbrada, como estaba su raza golondrinera, a los tránsitos, a las emigraciones, a los cambios, no tardó en adaptarse a este cielo luminoso.

Hizo enseguida su nido, escogiendo el alero de la casa de una familia que tenía un hijo de pocos años. Pronto congeniaron la golondrina y el niño. El se había fijado en un anillo que le brillaba en la pata izquierda. Y por eso la conocía. Le daba migas de pan, le acariciaba el plumaje y el anillo y La Golondrina se dejaba querer porque por algo era Hija de la Heroica Golondrina y además, para ella, el niño era su Príncipe Feliz. Y bien feliz que eran ambos. No necesitaban desgracias ajenas para sentirse bien.

Un día La Golondrina encontró un compañero y puso sus huevos. Mas tarde le nacieron sus hijos. Y, entonces, tuvo que buscar doble alimento: para ella y para sus hijos. Aunque nunca se olvidó del niño.

Todos los días partía como una flecha de su nido con agudo y alegre chillido.

Surcando el cielo, a veces se dejaba llevar a la deriva por el viento, mientras contemplaba la multicolor alfombra verde de los campos, ora parecía varada en el espacio; ora perseguía insectos a buena distancia del suelo; otras veces a ras de tierra.

Le gustaba especialmente volar casi rozando las mieses de los campos de trigales. Le recordaban las olas del mar esas ondulaciones producidas por el viento. Y subía y bajaba, olvidándose de todo, al ritmo que las espigas imprimían mecidas a voluntad del céfiro. De cuando en cuando engullía algún insecto volador que se cruzaba en su camino.

Pero poco a poco fue sacando la conclusión de que así no podía seguir. El alimento era escaso para las bocas que esperaban en su casa de barro, allá en el alero de la casa de su amigo el niño. El vuelo era placentero, si; embriagador, si; pero al término de la jornada regresaba con la energía bajo mínimos. Y el buche también. Ya se encargaban sus hijos, por si ella no se daba cuenta, de restregárselo por sus oídos con los chillidos llenos de hambre.

Tenía que hacer algo más que divertirse porque así no rendía.

Como vivir no vivía sola, diose cuenta de que la mayor parte de sus compañeros golondrinos ya no acudían a esa parte del mar vegetal donde tanto había gozado. Se habían trasladado varios campos más abajo. Sobrevolaban ahora un verde y tierno patatal. Y por los chillidos que daban, y por su continuo revoloteo, y sus riñas, se podía percibir que se estaban dando un buen atracón. Allí, además, no debía hacer mucho calor porque estaba siendo regado continuamente con aspersores. Desde donde estaba no notaba ese frescor pero si veía los arcoiris que sacaban los chorros de agua, al descomponer, sus gotitas, la luz del sol.

Sin lugar a dudas era un sitio atrayente.

Se dirigió hacia allá. No tenía nada que perder.

Por otra parte no era bueno separarse demasiado del pueblo al que uno pertenece. Y sobre todo no le convenía olvidar a la parte que más comulgaba con su forma de ser: sus amigos y amigas.

Iba pensando en esto cuando atisbó a ver a un águila que allá, lejos, se cernía siniestra en el firmamento.

Desde que emprendió el vuelo hacia el lugar donde sus compañeros parecían divertirse de lo lindo, sintió una comezón, un desasosiego, ¡vamos, una desazón impropia de ella! Y no era, en este caso, por el ave carnicera que se enseñoreaba del cielo. Su olfato le alertaba de que algo desagradable ocurría por allá.

Lo comprendió enseguida: en medio del patatal había un estercolero del que emanaba un hedor casi insoportable. A pesar del mal olor, desde el muladar alguien le sonreía. Cuando estuvo mas cerca lo vio: un grupo de buitres se almorzaban un cadáver de un hombre o de una mujer o de un anciano... ¡quien sabe a quien habían matado! Y la sonrisa no era más que el reflejo del sol en los blancos dientes de su calavera. Sus vísceras eran todavía un hervor de gusanos de donde se alimentaban buena parte de sus congéneres, disputando y al mismo tiempo haciendo causa común con los buitres, volando entre sus peludos pescuezos.

No estaba de acuerdo con este horrible festín y así se lo dijo a una compañera que en ese instante volaba en paralelo a ella.

--¡Oh, ya te acostumbrarás! A esto…  y a mucho más.

Se posó un momento, para reflexionar en lo que veía, en unos palos puntiagudos que los campesinos, dueños del campo, habían clavado en el suelo para que treparan unas matas de judías que a la sazón habían plantado.

Mostró su malestar chillando a varios amigos y amigas que se le acercaron hasta donde ella estaba posada. Era digno de ver los acalorados chillidos en que se habían enzarzado mientras volaban de palo en palo manifestando su repulsa por lo que veían. La Golondrina se engrandecía por momentos esgrimiendo argumentos, unos sacados de la tradición de su especie y otros de particular vivencia; su misma madre había muerto sacrificándose por otros seres humanos; además, de su especie se decía que le había quitado las espinas que le clavaron a un hombre bueno llamado Jesucristo.

No todos estaban de acuerdo con seguir la generosidad de su especie. Pero logró que al menos 100 (los contó) se le unieran para alejarse de espectáculo tan bochornoso.

Pensó que ya era hora de dejar de chillar y poner en práctica el repudio moral a lo que veían. Agitó sus alas y se despegó del palo fino y  puntiagudo en el que estaba posada. Si la dejaban sola... ¡mira!... ¡que se le iba a hacer!... ¡mejor sola que mal acompañada!... ¡su madre también se había quedado sola! Sin volver la vista atrás voló contemplando el patatal. Era como una colcha de color verde oscuro con remiendos florecidos. A contraluz las flores semejaban pequeños trozos de algodón prendidos en las matas del patatal. Aquí y allá abejas y avispas se disputaban las flores.

En un sembrado de cebada se zampó algunos insectos pensando en sus hijos que la estarían aguardando como agua de mayo en julio. Cansada volvió la cabeza viendo que, efectivamente, le habían seguido los compañeros y compañeras que ella había calculado.

Al llegar al nido pudo comprobar que su buche se deshizo con prontitud de la exigua comida que llevaba. Sus hijos abrían sus picos engullendo lo poco que contenía el recipiente. En un abrir y cerrar de picos se acabó. Y siguieron con su chillona protesta un buen rato.

Ellos veían, eso si, la tristeza de su madre sin llegar a comprender la angustia que sus chillidos producía en ella que se debatía entre hurgar en la mierda del estercolero para no oír el hambre de sus hijos o bien alejarse del cebadero maloliente aunque tuviera que sacrificarse hasta la casi extenuación en viajes muy continuados.

Decidió ir al muladar con la mayoría. Si ellos aguantaban el mal olor… ¿por qué ella no?... No iba a ser menos. ¿Qué dirían sus compañeros?, se preguntó. Iba a ser un golpe bajo y duro pero... ¡que dijeran lo que quisieren!... ¡Algunos no tenían que alimentar a nadie más que a ellos...!

En sueños vio a su madre volando de la estatua del Príncipe Feliz a cada uno de los hogares de los humanos que necesitaban su ayuda. La veía cansada, pero feliz. Se despertó sobresaltada. Sus hijos se lamentaban de cuando en cuando aguijoneados por el hambre. En los nidos del vecindario reinaba un absoluto silencio que la luna hacía mas íntimo. Las barrigas llenas. Las conciencias... ¡ah, las conciencias!... tranquilas. Los cuerpos felices.

Se acurrucó más al fondo del nido. Desplegó sus alas para cobijar a sus hijos del relente de la noche y se durmió. Mañana sería otro día.

Con las primeras luces del alba asomó su pico por la entrada del nido. Miró a un lado y a otro y voló hasta la repisa de la ventana del niño. Tras los cristales dormía en su cama. Un platillo con migas estaba preparado para ella. Picoteó un buen rato y se fue a dar el desayuno a los suyos. Luego voló hasta posarse en un cable de la luz, esperando a que sus compañeros fueran despertándose paulatinamente. Y así lo hicieron.

Antes de salir el sol ya se anunciaba rojo por el horizonte, tiznando de sangre a las escasas nubes que en el cielo había.

Musitaban de vez en cuando las golondrinas, con su chirrido característico, su alegría de vivir. Mas, cuando apareció el sol en el horizonte, fue como una explosión de chillidos y una señal de partida: de repente todos y todas despegaron el vuelo alejándose del cable y partiendo como una flecha en dirección del sol.

Parecía un vuelo anárquico pero, si bien se observaba, la iniciativa la llevaba La Golondrina y otros dos compañeros. Primero se posaron en un almendro. Luego volaron varias veces el patatal. Mas tarde se dirigieron a unas eras donde trillaban y limpiaban algarrobas de las que se desprendían multitud de insectos que ellas perseguían y cuando tenían el buche lleno regresaban a sus nidos para volver otra vez al mismo lugar.

A media mañana se dirigieron a unos prados que había cerca de un río. Jugaron con las olas del viento en las hierbas. Los cien puntos blanquinegros parecían impulsados por el oleaje y subían y bajaban en perfecto paralelismo al mismo vaivén de la hierba. El cielo era de azul purísimo.

Empero sucedió algo que produjo como una espantada que hizo desaparecer, sepultadas bajo la hierba, a las golondrinas. Todo enmudeció. ¿Qué había pasado?: había reaparecido el águila en el cielo. Estaba lejos, no obstante el instinto les indicaba que esta vez venía con malas intenciones. Reaparecieron poco a poco de entre las hierbas del prado con chillidos inquietos, volando y sobrevolando siempre en torno a La Golondrina y los otros dos congéneres que les habían conducido antes. Veían que el águila se dirigía hacia el patatal. Iba derecha a un punto que se veía mover andando como los humanos.

Efectivamente, por el camino que conducía a ese patatal venía una persona. Era un niño. El niño amigo de La Golondrina y conocido de todo el grupo al que también echaba, de vez en cuando, migas de pan. Las golondrinas debatían si acudían o no en ayuda del niño. Volaban muy juntan. Tenían miedo. Sus chillidos no eran como otras veces, sino más agudos.

Por fin volaron en círculos aun mas cerrados y en una de esas vueltas La Golondrina y los otras dos  partieron con increíble velocidad seguidos del resto. En realidad iban a cortarle el paso al águila que se lanzaba en ese momento desde arriba en picado hacia el niño que, ajeno a todo, iba cantando hacia la tierra en las que estaban trabajando sus padres.

Chocaron a escasos metros del niño logrando que el águila se alejara del lugar. Sin embargo, en su esfuerzo por apartar, a estas pequeñas aves, de su trayectoria, en uno de sus aleteos, consiguió lanzar hacia el suelo a tres de las golondrinas. Con tal velocidad que quedaron clavadas en tres de los palos puntiagudos que había en el patatal.

El niño, que conoció a La Golondrina por su anillo, se puso a llorar. La sangre resbalaba palo abajo. Y las tres golondrinas parecían sonreír.

Los padres del niño, que estaban metidos entre las plantas de las patatas quitando yerbas malas, levantaron la cabeza. Al ver a su hijo llorar dejaron su faena y se fueron corriendo a ver que pasaba.

El niño apuntaba hacia las golondrinas con su dedo.

--Tranquilo hijo, las golondrinas no hacen nada. Son buenas. Además, estas están muertas.

El niño, aunque no sabía lo que quería decir ‘muertas’ intuyó que era algo malo y arreció en su llanto. Su padre lo cogió en brazos.

Al fondo, en el estercolero, el grueso de golondrinas cebaban sus buches

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