La empanada
sangrienta
por José María Amigo Zamorano,
1. El Nudo
.... y Tamaltrada se estaba columpiando en el patio de la
escuela.
Hacia mucho que no llovía. Y después de tantísimos días sin
caer una gota,
ya ni se acordaba cuantos, llevaba dos días lloviznando sin
parar y con una
temperatura muy, pero que muy agradable. Y, claro, le daba un
gustirrinín
sentir las menudas gotitas de agua sobre la cara; lo mismo que
la húmeda
frescura del asiento en el trasero; y el balancearse cada vez
mas alto en
el columpio ¡qué gloria le daba!.
Tamaltrada era una niña de unos seis años, delgada, morena,
tímida y
bastante nerviosa; permanecía casi de continuo abstraída en la
clase; la
profesora decía que era "muy fantasiosa"; no hacia carrera con
ella; luego
se pasaba sola paseando a lo largo y ancho del patio durante
el recreo,
siempre agarrada a su muñeca o pegada a algún profesor.
Aquel día durante el recreo hizo cola para subirse al columpio
pero como
siempre conseguía estar la última de la fila: se le iban
colando todos; y
tampoco lograba imponer sus razones, justas por otra parte,
para que
respetaran su turno; su tímida rebeldía iba en concordancia
con la timidez
de su persona; y el resultado estaba a la vista: la
marginación perenne.
Cuando le llegó, por fin, su turno para subir al deseado,
anhelado,
columpio, los profesores dieron las palmadas de rigor que
avisaban de la
terminación del recreo y, desilusionada, tuvo que retornar a
clase. Entró
con pesadumbre y cabreada, tímido cabreo que solo ella
conocía; soñó con el
columpio y no hizo los deberes; de vez en cuando la educadora
la despertaba
de su ensueño con algún bocinazo:
--¡Tamaltrada!
--¡Qué!
--¡Que trabajes! --la maestra, que no conseguía por ningún
método meterle
los conocimientos en la cabeza de la niña, la estaba dejando
ya por
imposible.
Cogió el lapicero pero la representación del balancín era mas
poderoso que
ella misma y que la ciencia que del libro emanaba; volvió a
entretenerse
sin poderlo remediar.
Así pasó la última sesión de la mañana.
A mediodía, antes de ir a comer, corrió a subirse al columpio.
--"Ahora, se dijo, me voy a resarcir".
No había nadie en el patio: nadie podía quitarle el columpio:
era todo suyo.
Se subió al balancín dejándose acariciar por la mollizna; el
leve viento
jugaba con su cabello, le levantaba las faldas, le empujaba a
cada impulso
mas arriba, siempre mas arriba y mas deprisa, la velocidad le
embriagaba ...
Creyó oír que alguien le llamaba desde lejos, desde muy lejos,
"¡Tamaltrada,
Tamaltrada!", como en un sueño; alguien, sin duda, que quería
molestarla
interrumpiendo su contento, su entusiasmo, su felicidad; ya
podía llamar
todo lo que quisiera, fuera el que fuese, que ese placer que
siente no se lo
iban a arrebatar así como así.
Miró, no obstante, con distracción mientras volaba en el
céfiro. No vio a
nadie y siguió columpiándose; y aunque hubiera visto algo
también hubiera
seguido en la misma actitud.
Súbitamente su sobrenombre, "¡Tamaltrada!: vienes o te voy a
buscar",
retumbó en sus oídos con salvaje brutalidad ahora ya mas
próximo: su madre
la llamaba. La vio enarbolando un paraguas y se deslizó del
columpio:
--¡Que vengas!
--¡No! -- gritó la pequeña y le opuso el trasero a la matrona.
Roja de cólera la progenitora moviendo su brazo alargó el
paraguas con
intención de propinarle un paraguazo a la muchacha pero no
alcanzó el
objetivo.
--¡Vamos a comer te digo!, ¡mira que me enfado! -- perseveró.
Por fin la chiquilla salió corriendo del recinto escolar y
detrás la madre.
Mientras corría en dirección a su casa, la niña diose cuenta
que su madre
estaba verdaderamente enfadada y no sabía el por qué; sus
ojos, inyectados
en sangre, preludiaban una paliza en cuanto arribaran al
domicilio familiar;
se paró en seco angustiada; se los había visto en otra ocasión
y el
resultado fue que le dejó todo el cuerpo con magulladuras,
bien señalado y
dolorido para varios días, de la bestial paliza que dio.
Se estremeció de arriba a abajo
En la puerta de la casa una vecina esperaba algo, no cabía la
menor duda
mirando, como miraba, a ambos lados de la calle; su salvación
estaba en
conseguir que la vecina le acompañara: no se separaría de
ella. La chicuela
se arrimó a ella saludándola:
-- "¡Hola!, señora Paca" -- y escondiose detrás de sus faldas.
-- ¿Por qué te escondes, Tamaltrada?
-- Me quiere pegar mi mamá.
-- No le haga caso. Lo que pasa es que, como se ha quedado
jugando en el
patio, cree que la voy a castigar; ya sabe Ud. como son los
pequeños --
aclaró la madre sonriéndole a la convecina.
Cogió de la mano a la hija y se la llevó escaleras arriba.
-- Mamá, no me pegues; me duele mucho.
-- No te voy a castigar, pero tienes que obedecerme.
Abrió la madre la puerta del apartamiento con lágrimas en los
ojos. Le
habían emocionado las palabras de su hija.
Su cuerpo y su alma estaban especialmente sensibilizados por
los tragos de
vino que se había echado entre pecho y espalda en la taberna;
se había
casado sin amor y ahora lo pagaba: no era dichosa; con los
tragos la
desventura se incrementaba unas veces y otras disminuía; pero
lo que
siempre lograba el vino era clarificar su situación en un
primer momento;
después se la hacía mas amable, mas llevadera; posteriormente,
pasados esos
fugaces momentos de sosiego, se hundía, aún mas, en el
abatimiento.
No era feliz: eso lo tenía claro; y la situación de su marido,
en paro casi
permanente, no era la situación mas propiciatoria para
devolverle la
felicidad pasada.
Contempló a su hija; los ojos reflejaban congoja, espanto ...
y sus palabras
daban la medida exacta del infierno que sentía, de lo que
bullía dentro, de
lo que pasaba en el atormentado interior de la niña:
-- Mamá: te quiero mucho; ¿no me vas a pegar, verdad?
La estrechó entre sus brazos; la hija temblaba al contacto con
su cuerpo; la
acarició, la cubrió de besos y lloró; lloró durante largo
tiempo :
--Mamá, no llores -- y se puso a lloriquear la muchacha.
Largo rato, como se ha dicho, lloraron en brazos la una de la
otra hasta que
se calmaron; y el estómago comenzó a aldabear a la puerta de
las tragaderas
con insistencia.
2. La Soga
Al tiempo que la madre preparaba la manutención, el escaso
condumio, la
chiquilla se fue al salón a contemplar una estúpida serie
norteamericana,
con esa memez de risoteo enlatado. La nena se reía y la madre
alegraba su
ánimo con la risa de la hija.
Había hecho la mujer un sopicaldo y un par de empanadas que a
la niña, por
cierto, no le gustaban lo mas mínimo. Comió, con algunas
arcadas, la sopa;
pero la empanada, ¡ah, la empanada! no la podía tragar;
alargaba y alargaba
el tiempo con el tenedor pinchado en la empanada.
La madre regaba, de vez en cuando, sus tripas con un lingotazo
de vino. En
aquella casa no había dinero ni comida, pero no faltaba el
vino, amigo de
los pobres.
-- ¿No tienes ganas?, ¿no te gusta?; ¡anda, come la empanada
que está muy
rica! -- dijo y se bebió otro trago de vino.
La niña se levantó y se fue al servicio; después se encaminó
al salón y
encendió la televisión. Cuando la madre escuchó la risa
enlatada de otra
serie, yanqui por supuesto, supo que su hija, sin comer, se
había vuelto al
salón. Se fijó en el plato: allí estaba sin empezar la
empanada que con
tanto interés había cocinado.
Empapó de nuevo su terreno estomacal con otro baso de vino.
Tendría que ser inflexible con la niña: por su bien. Los
alimentos
escaseaban en la casa y los que había no eran, por cierto, muy
exquisitos,
lo reconocía; pero razón de mas para obligarle a comer; de lo
contrario se
quedaría aún mas delgadurria de lo que estaba: como un
esqueleto andante.
Y si no comía, pensaba ella, tampoco podía madurar en los
estudios.
Además era muy vaga: ya le había dicho la profesora: "es muy
perezosa,
tiene Ud. que atarla corto de lo contrario se le subirá a las
barbas"; y
tenía razón: sin ir mas lejos, esa mañana: si no la va a
buscar se hubiera
quedado en el patio de la escuela jugando.
"Muy apática y perezosa, si señora"; solo le gustaba la tele;
y eso no podía
ser así.
Se iba a enterar de lo que valía un peine; con ella no jugaba:
--¡Tamaltrada!; ¡ven aquí inmediatamente a comer la empanada!
--Mamá, no tengo hambre -- se oyó desde el salón.
--Hay que comer, sino... se muere uno: ¡a comerte la
empanada!.
La niña apareció en la cocina de inmediato y se sentó a la
mesa.
--No comprendes, hija, que hay que comer; de lo contrario te
morirás y
tendremos que hacerte una caja y llevarte al cementerio como
al abuelo.
La niña se imaginó introducida en un hoyo, oscuro, tenebroso,
lúgubre, sin
poder salir a jugar en los columpios de la escuela; cayéndole
en la cabeza
el agua fría de la lluvia; arrecida de frío con la nieve del
invierno; sin
volver a ver, jamás, la serie favorita de la televisión;
corriéndole los
gusanos por todo el cuerpo; y comiéndole la carne de sus
brazos y de sus ...
Se le puso toda la carne de gallina y comenzó a tiritar.
Agarró el tenedor y
dio un mordisco a la dichosa empanada. Estaba fría y dura:
como ella estaría
si la espichaba; y como estarían los demás muertos: como su
abuelo que
cuando lo besó estaba duro y frío como una piedra.
Le dieron arcadas pero se lo tragó a tracas y barrancas.
-- ¡A mi no me vengas con cuentos! -- dijo la madre -- Otro
mordisco,
¡venga!; ¡y sin aspavientos!; ¡que te conozco!.
Acercó otro trozo de los que quedaban a la boca. Lo tuvo un
rato en ella,
mientras miraba de soslayo a su madre. Las venillas de los
ojos comenzaban a
inyectársele en sangre.
Hizo un esfuerzo heroico y se tragó el trozo. Sin poderlo
evitar lo vomitó
en la escudilla entre continuos espasmos.
Como si toda la indignación de la dama hubiera ido
empozándose, encubándose
en su barril; y le quitaran el palo que obstruye la espita; de
la misma
manera se destapo la cólera de la señora madre al ver la
vomitona de su
hija; y corrió a chorros su violencia contenida como el vino
por la válvula
destapada: cogió el trinchante de su hija, espetó el pedazo
que quedaba de
empanada en el tenedor y se lo metió en la boca con utensilio
y todo.
Dio la niña un alarido abriendo la boca: le había clavado el
tenedor en el
cielo de la boca. Se asustó la madre; le arrancó el
adminículo; la sangre
corría a borbotones desde la boca hasta el recubrimiento de la
cocina.
--¡Cierra la boca! -- le dijo imperiosa y nerviosísima.
Y comenzó a fregar la sangre.
Sonó la cerradura de la puerta en ese momento. Posteriormente
un portazo.
Entró el consorte en la cocina haciendo eses beodo perdido.
Vio la boca
ensangrentada de su hija y la sangre derramada en el
embaldosado e
impresionado imprecó:
-- ¿Qué ha pasado aquí, mecagüen...? ¿qué le has hecho a la
hija, borracha
de mierda?
La hembra, abiertos sus sanguinolentos ojos como platos, por
toda
contestación, iba retrocediendo hacia el fregadero; tal ademán
le vino a
corroborar al cónyuge en la nebulosa de borrachera la
certidumbre de que su
desposada había agredido, otra vez, a su pequeña; y sin
poderse contener se
acercó a ella dándole un puñetazo en la cara que le partió el
labio.
--¡Mal rayo te parta, c...! -- acertó a manifestar la esposa.
Esta vez el temulento varón le pegó un puntapié en la
entrepierna que la
dobló de dolor cayendo seguidamente al suelo ovillada y como
un fardo,
inútil ya; su semblante, pegado al pavimento ensangrentado de
la cocina,
volviese amarillento.
La niña empezó a vociferar asustada; la sangre que retenía en
su boca, al
abrirla para gritar, derramase como el vino de la cuba por la
espita:
--¡Cállate, hostias! - dijo el padre.
Y levantó el brazo para arrearle.
--¡No, papá!, ¡no me pegues!, ¡te quie...! --se quebró el
sollozo y la
palabra de la niña abriendo los ojos desmesuradamente
sorprendidos de
hallarse en la cama.
Al poco apareció su madre en la habitación diciéndole:
--¡Ale! Tamaltrada, cariño: es la hora de levantarte para ir a
la escuela.
--Y no te vuelvas a quedar en el patio jugando. Nada mas salir
de clase te
vienes para casa, ¿me has oído?.
-- Si, mamá. Te quiero mucho --dijo la chicuela suspirando
abrazada con
fuerza a su madre y aun con la angustia del sueño en sus
entrañas.