Nuestra Opinión
    Naviero Radiactivo
    El Rincón de Willow
    Zeppelin 4
  Las Navas Informada
    Noticias de Las Navas
    El Tablón Navero
    Las Navas Deportes
    Horarios de trenes
    Otras Webs Naveras
  Cultura y Música
    Caminar conociendo
    ArteNavas 2004
    Crítica Musical
    Entrevistas musicales
    Poesía Callejera
  Entretenimiento
    Nos vamos de fiesta
    Album de Fotos
    Juegos Online
  Otros Temas
    Solidaridad
    Ciudad del Golf
    Enlaces de Interés
  Tu opinión
    Libro de visitas
    Foros
    Chat Naviero

 

 
    Artículos de Caminar Conociendo

 

La empanada sangrienta

por José María Amigo Zamorano,



1.  El Nudo


.... y Tamaltrada se estaba columpiando en el patio de la escuela.
Hacia mucho que no llovía. Y después de tantísimos días sin caer una gota,
ya ni se acordaba cuantos, llevaba dos días lloviznando sin parar y con una
temperatura muy, pero que muy agradable. Y, claro, le daba un gustirrinín
sentir las menudas gotitas de agua sobre la cara; lo mismo que la húmeda
frescura del asiento en el trasero; y el balancearse cada vez mas alto en
el columpio ¡qué gloria le daba!.
Tamaltrada era una niña de unos seis años, delgada, morena, tímida y
bastante nerviosa; permanecía casi de continuo abstraída en la clase; la
profesora decía que era "muy fantasiosa"; no hacia carrera con ella; luego
se pasaba sola paseando a lo largo y ancho del patio durante el recreo,
siempre agarrada a su muñeca o pegada a algún profesor.
Aquel día durante el recreo hizo cola para subirse al columpio pero como
siempre conseguía estar la última de la fila: se le iban colando todos; y
tampoco lograba imponer sus razones, justas por otra parte, para que
respetaran su turno; su tímida rebeldía iba en concordancia con la timidez
de su persona; y el resultado estaba a la vista: la marginación perenne.
Cuando le llegó, por fin, su turno para subir al deseado, anhelado,
columpio, los profesores dieron las palmadas de rigor que avisaban de la
terminación del recreo y, desilusionada, tuvo que retornar a clase. Entró
con pesadumbre y cabreada, tímido cabreo que solo ella conocía; soñó con el
columpio y no hizo los deberes; de vez en cuando la educadora la despertaba
de su ensueño con algún bocinazo:
--¡Tamaltrada!
--¡Qué!
--¡Que trabajes! --la maestra, que no conseguía por ningún método meterle
los conocimientos en la cabeza de la niña, la estaba dejando ya por
imposible.
Cogió el lapicero pero la representación del balancín era mas poderoso que
ella misma y que la ciencia que del libro emanaba; volvió a entretenerse
sin poderlo remediar.
Así pasó la última sesión de la mañana.
A mediodía, antes de ir a comer, corrió a subirse al columpio.
--"Ahora, se dijo,  me voy a resarcir".
No había nadie en el patio: nadie podía quitarle el columpio: era todo suyo.
Se subió al balancín dejándose acariciar por la mollizna; el leve viento
jugaba con su cabello, le levantaba las faldas, le empujaba a cada impulso
mas arriba, siempre mas arriba y mas deprisa, la velocidad le embriagaba ...
Creyó oír que alguien le llamaba desde lejos, desde muy lejos, "¡Tamaltrada,
Tamaltrada!", como en un sueño; alguien, sin duda, que quería molestarla
interrumpiendo su contento, su entusiasmo, su felicidad; ya podía llamar
todo lo que quisiera, fuera el que fuese, que ese placer que siente no se lo
iban a arrebatar así como así.
Miró, no obstante, con distracción mientras volaba en el céfiro. No vio a
nadie y siguió columpiándose; y aunque hubiera visto algo también hubiera
seguido en la misma actitud.
Súbitamente su sobrenombre, "¡Tamaltrada!: vienes o te voy a buscar",
retumbó en sus oídos con salvaje brutalidad ahora ya mas próximo: su madre
la llamaba. La vio enarbolando un paraguas y se deslizó del columpio:
--¡Que vengas!
--¡No! -- gritó la pequeña y le opuso el trasero a la matrona.
Roja de cólera la progenitora moviendo su brazo alargó el paraguas con
intención de propinarle un paraguazo a la muchacha pero no alcanzó el
objetivo.
--¡Vamos a comer te digo!, ¡mira que me enfado! -- perseveró.
Por fin la chiquilla salió corriendo del recinto escolar y detrás la madre.
Mientras corría en dirección a su casa, la niña diose cuenta que su madre
estaba verdaderamente enfadada y no sabía el por qué; sus ojos, inyectados
en sangre, preludiaban una paliza en cuanto arribaran al domicilio familiar;
se paró en seco angustiada; se los había visto en otra ocasión y el
resultado fue que le dejó todo el cuerpo con magulladuras, bien señalado y
dolorido para varios días, de la bestial paliza que dio.
Se estremeció de arriba a abajo
En la puerta de la casa una vecina esperaba algo, no cabía la menor duda
mirando, como miraba, a ambos lados de la calle; su salvación estaba en
conseguir que la vecina le acompañara: no se separaría de ella. La chicuela
se arrimó a ella saludándola:
-- "¡Hola!, señora Paca" -- y escondiose detrás de sus faldas.
-- ¿Por qué te escondes, Tamaltrada?
-- Me quiere pegar mi mamá.
-- No le haga caso. Lo que pasa es que, como se ha quedado jugando en el
patio, cree que la voy a castigar; ya sabe Ud. como son los pequeños --
aclaró la madre sonriéndole a la convecina.
Cogió de la mano a la hija y se la llevó escaleras arriba.
-- Mamá, no me pegues; me duele mucho.
-- No te voy a castigar, pero tienes que obedecerme.
Abrió la madre la puerta del apartamiento con lágrimas en los ojos. Le
habían emocionado las palabras de su hija.
Su cuerpo y su alma estaban especialmente sensibilizados por los tragos de
vino que se había echado entre pecho y espalda en la taberna; se había
casado sin amor y ahora lo pagaba: no era dichosa; con los tragos la
desventura se incrementaba unas veces y otras disminuía; pero lo que
siempre lograba el vino era clarificar su situación en un primer momento;
después se la hacía mas amable, mas llevadera; posteriormente, pasados esos
fugaces momentos de sosiego, se hundía, aún mas, en el abatimiento.
No era feliz: eso lo tenía claro; y la situación de su marido, en paro casi
permanente, no era la situación mas propiciatoria para devolverle la
felicidad pasada.
Contempló a su hija; los ojos reflejaban congoja, espanto ... y sus palabras
daban la medida exacta del infierno que sentía, de lo que bullía dentro, de
lo que pasaba en el atormentado interior de la niña:
-- Mamá: te quiero mucho; ¿no me vas a pegar, verdad?
La estrechó entre sus brazos; la hija temblaba al contacto con su cuerpo; la
acarició, la cubrió de besos y lloró; lloró durante largo tiempo :
--Mamá, no llores -- y se puso a lloriquear la muchacha.
Largo rato, como se ha dicho, lloraron en brazos la una de la otra hasta que
se calmaron; y el estómago comenzó a aldabear a la puerta de las tragaderas
con insistencia.

2.  La Soga


Al tiempo que la madre preparaba la manutención, el escaso condumio, la
chiquilla se fue al salón a contemplar una estúpida serie norteamericana,
con esa memez de risoteo enlatado. La nena se reía y la madre alegraba su
ánimo con la risa de la hija.
Había hecho la mujer un sopicaldo y un par de empanadas que a la niña, por
cierto, no le gustaban lo mas mínimo. Comió, con algunas arcadas, la sopa;
pero la empanada, ¡ah, la empanada! no la podía tragar; alargaba y alargaba
el tiempo con el tenedor pinchado en la empanada.
La madre regaba, de vez en cuando, sus tripas con un lingotazo de vino. En
aquella casa no había dinero ni comida, pero no faltaba el vino, amigo de
los pobres.
-- ¿No tienes ganas?, ¿no te gusta?; ¡anda, come la empanada que está muy
rica! -- dijo y se bebió otro trago de vino.
La niña se levantó y se fue al servicio; después se encaminó al salón y
encendió la televisión. Cuando la madre escuchó la risa enlatada de otra
serie, yanqui por supuesto, supo que su hija, sin comer, se había vuelto al
salón. Se fijó en el plato: allí estaba sin empezar la empanada que con
tanto interés había cocinado.
Empapó de nuevo su terreno estomacal con otro baso de vino.
Tendría que ser inflexible con la niña: por su bien. Los alimentos
escaseaban en la casa y los que había no eran, por cierto, muy exquisitos,
lo reconocía; pero razón de mas para obligarle a comer; de lo contrario se
quedaría aún mas delgadurria de lo que estaba: como un esqueleto andante.
Y si no comía, pensaba ella, tampoco podía madurar en los estudios.
Además era muy vaga:  ya le había dicho la profesora: "es muy perezosa,
tiene Ud. que atarla corto de lo contrario se le subirá a las barbas"; y
tenía razón: sin ir mas lejos, esa mañana: si no la va a buscar se hubiera
quedado en el patio de la escuela jugando.
"Muy apática y perezosa, si señora"; solo le gustaba la tele; y eso no podía
ser así.
Se iba a enterar de lo que valía un peine; con ella no jugaba:
--¡Tamaltrada!; ¡ven aquí inmediatamente a comer la empanada!
--Mamá, no tengo hambre -- se oyó desde el salón.
--Hay que comer, sino... se muere uno: ¡a comerte la empanada!.
La niña apareció en la cocina de inmediato y se sentó a la mesa.
--No comprendes, hija, que hay que comer; de lo contrario te morirás y
tendremos que hacerte una caja y llevarte al cementerio como al abuelo.
La niña se imaginó introducida en un hoyo, oscuro, tenebroso, lúgubre, sin
poder salir a jugar en los columpios de la escuela; cayéndole en la cabeza
el agua fría de la lluvia; arrecida de frío con la nieve del invierno; sin
volver a ver, jamás, la serie favorita de la televisión; corriéndole los
gusanos por todo el cuerpo; y comiéndole la carne de sus brazos y de sus ...
Se le puso toda la carne de gallina y comenzó a tiritar. Agarró el tenedor y
dio un mordisco a la dichosa empanada. Estaba fría y dura: como ella estaría
si la espichaba; y como estarían los demás muertos: como su abuelo que
cuando lo besó estaba duro y frío como una piedra.
Le dieron arcadas pero se lo tragó a tracas y barrancas.
-- ¡A mi no me vengas con cuentos! -- dijo la madre -- Otro mordisco,
¡venga!; ¡y sin aspavientos!; ¡que te conozco!.
Acercó otro trozo de los que quedaban a la boca. Lo tuvo un rato en ella,
mientras miraba de soslayo a su madre. Las venillas de los ojos comenzaban a
inyectársele en sangre.
Hizo un esfuerzo heroico y se tragó el trozo. Sin poderlo evitar lo vomitó
en la escudilla entre continuos espasmos.
Como si toda la indignación de la dama hubiera ido empozándose, encubándose
en su barril; y le quitaran el palo que obstruye la espita; de la misma
manera se destapo la cólera de la señora madre al ver la vomitona de su
hija; y corrió a chorros su violencia contenida como el vino por la válvula
destapada: cogió el trinchante de su hija, espetó el pedazo que quedaba de
empanada en el tenedor y se lo metió en la boca con utensilio y todo.
Dio la niña un alarido abriendo la boca: le había clavado el tenedor en el
cielo de la boca. Se asustó la madre; le arrancó el adminículo; la sangre
corría a borbotones desde la boca hasta el recubrimiento de la cocina.
--¡Cierra la boca! -- le dijo imperiosa y nerviosísima.
Y comenzó a fregar la sangre.
Sonó la cerradura de la puerta en ese momento. Posteriormente un portazo.
Entró el consorte en la cocina haciendo eses beodo perdido. Vio la boca
ensangrentada de su hija y la sangre derramada en el embaldosado e
impresionado imprecó:
-- ¿Qué ha pasado aquí, mecagüen...? ¿qué le has hecho a la hija, borracha
de mierda?
La hembra, abiertos sus sanguinolentos ojos como platos, por toda
contestación, iba retrocediendo hacia el fregadero; tal ademán le vino a
corroborar al cónyuge en la nebulosa de borrachera la certidumbre de que su
desposada había agredido, otra vez, a su pequeña; y sin poderse contener se
acercó a ella dándole un puñetazo en la cara que le partió el labio.
--¡Mal rayo te parta, c...! -- acertó a manifestar la esposa.
Esta vez el temulento varón le pegó un puntapié en la entrepierna que la
dobló de dolor cayendo seguidamente al suelo ovillada y como un fardo,
inútil ya; su semblante, pegado al pavimento ensangrentado de la cocina,
volviese amarillento.
La niña empezó a vociferar asustada; la sangre que retenía en su boca, al
abrirla para gritar, derramase como el vino de la cuba por la espita:
--¡Cállate, hostias! - dijo el padre.
Y levantó el brazo para arrearle.
--¡No, papá!, ¡no me pegues!, ¡te quie...! --se quebró el sollozo y la
palabra de la niña abriendo los ojos desmesuradamente sorprendidos de
hallarse en la cama.
Al poco apareció su madre en la habitación diciéndole:
--¡Ale! Tamaltrada, cariño: es la hora de levantarte para ir a la escuela.
--Y no te vuelvas a quedar en el patio jugando. Nada mas salir de clase te
vienes para casa, ¿me has oído?.
-- Si, mamá. Te quiero mucho --dijo la chicuela suspirando abrazada con
fuerza a su madre y aun con la angustia del sueño en sus entrañas.

Otros artículos: Caminar RecordandoLa hija de la golondrina / Tuerto por Cortesia / Buenos dias señor ... / Un padre como... / La agonia de las cadenas / Municipal y espeso / La gorrina / Siguiendo el hilo 4 / Siguiendo el hilo 3 / Siguiendo el hilo 2 / Siguiendo el hilo 1 / Relatos / Pizarrín y Caminar Recordando Articulos y Poesìas / Artículos variosJosé Hierro / Gerineldo y Delgadina / Homenaje a Bardem / Transfugismo

  © Copyright  El Naviero, Las Navas del Marqués, a
| Página principal |   | Email |   | Novedades |