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LO PROMETIDO, DEUDA: JOSÉ HIERRO

Mirando ahora la fotografía, en que aparece sentado, en el Saúco, entre Puri Santamaría, de la Biblioteca Pública y la poetisa Isabel Escudero, José Hierro, con la copa al lado, parece preguntarse como en su poema Yepes Cocktails: "Juan de la Cruz, dime si merecía la pena descolgarte, por la noche de tu prisión al Tajo, ser herido por las palabras y las disciplinas, soportar corazones, bocas, ojos rigurosos, beber la soledad..." Sospechamos su respuesta al repasar, a grandes rasgos, una biografía que no es precisamente de color de rosas: Nació el 3 de abril de 1922, aquí cerquita, en Madrid. Para más señas en la calle Andrés Borrego. En 1924 se traslada con su familia a Santander. Desde entonces le viene la querencia de la ciudad cántabra. Estudia en los salesianos y no termina a causa de la guerra del 36/39. Y la vive en Santander desde la fidelidad a la República. Su padre es encarcelado por los rebeldes fascistas en 1937. Dos años más tarde lo sería él mismo acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos. Recorre diversas cárceles. En 1944 sale de la prisión de Alcalá de Henares. Por fin en 1952 consigue un trabajo en la Editora Nacional.

Mientras tanto ha escrito en algunas revistas.

En 1964 recibe el Premio de la Crítica.

Luego mas tarde en 1981 el Príncipe de Asturias. Y con él inaugura una cascada de premios: de Las Letras, Reina Sofía, el Cervantes, otra vez en de La Crítica, el Francisco Quevedo, el Aristeion. Es nombrado Académico de la Lengua, Doctor Honoris Causa...

Con estas cuatro pinceladas de su vida, creemos, cobran relieve sus preguntas. Preguntas que, por otra parte, podemos hacernos, en momentos determinados, muchos de nosotros en que, la lucha por la libertad, por la vida, se hace mas dura sin que se vislumbre una luz, tenue aunque sea, de salida de una pocilga repleta de caciques y mendrugos. Como ahora mismo se la deben de estar haciendo muchos muchos iraquíes.

Nosotros lo conocimos en 1994. Habíamos organizado, acicateados por un artículo que el gran poeta Leopoldo de Luis nos había enviado el año anterior, el Décimo Aniversario de la Muerte de Vicente Aleixandre y los Cincuenta Años de la Publicación del Poemario Aleixandriano Sombra del Paraíso.

Sería las ocho menos cuarto. Estábamos en el Castillo-Palacio de Magalia. Había comenzado el evento sin él. José Hierro entró, como de puntillas, acompañado del poeta abulense Muñoz Quirós. Habíamos esperado unos minutos y, como no llegaban y se hacía tarde, decidimos empezar. Pidió perdón con cierta timidez.

Presidía el acto Antonio Bernardo de Quirós, Primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de entonces; con él estábamos en la mesa: Antonio Ramos Gascón (navero de pro, Director de la Fundación José Ortega y Gasset), Alfonso Silván (profesor de griego, primer traductor del poeta Cavafis), Antonio Quintana (poeta y pintor amigo de Aleixandre), Carmina Casala (poetisa, accésit del premio Adonais), Isabel Escudero (poetisa y profesora de la UNED de Psicodidáctica muy relacionada con Las Navas) y un servidor de ustedes. ¡Ah!, nos acompañaban entre el publico, dos alumnas representando al Colegio Público y que luego intervinieron recitando poemas, Lidia Bernaldo de Quirós y Mirian Esteban Rincón.

José Hierro, después de pedir perdón casi musitando, como un espectador más que llega tarde a un acto, se sentó en una silla con el público. Entonces aprovechando una pausa del que estaba hablando anunciamos la llegada del poeta que fue muy aplaudido y ocupó un asiento en la mesa presidencial junto a Muñoz Quirós.

Poco hablamos con él. Tras el acto nos invitó el Ayuntamiento a un ágape y allí otros lo cogieron por banda y no lo soltaron. Y a nosotros que nos gusta poco brillar y que somos un poco tímidos nos quedamos en un segundo plano. Pero se nos quedaron grabadas algunas imágenes; por ejemplo: como anunciáramos que tenían para hablar de diez a quince minutos, como máximo, el poeta Muñoz Quirós dijo que dejaba a José Hierro que se alargara veinte y que él se quedaría con sólo cinco; pues bien, José Hierro se quitó el reloj de la muñeca, lo puso encima la mesa y... bla bla bla... a los veinte minutos terminó; también guardamos la imagen de beberse las copas de ron... sí, creo que era ron... sin pestañear; mas tarde nos enteraríamos que era también un buen bebedor de chinchón; y por lo que se desprende de sus poesías... de güiski; incluso nos enteramos que tenía una casa en Chinchón con una finca, plantada... de cepas, claro.

Aquel acto fue muy importante para Las Navas y para la cultura española. Recibimos la adhesión de numerosas instituciones y personalidades: Fundación José Ortega y Gasset, Asociación Colegial de Escritores, Miguel Casado (poeta y crítico vallisoletano), Pekka Aalto, Consejero de Asuntos Culturales de la Embajada de Finlandia), Claudio Rodríguez, Miguel Delibes, Pere Gimferrer... así hasta 36. Por cierto que la intervención más larga fue la de D. Antonio Ramos Gascón, del que ya he dicho que era Director de la Fundación José Ortega y Gasset. Hizo un canto a la labor cultural de la Segunda República y se centró en los romances de guerra republicanos. Repartió dos romances de guerra, escritos por Vicente Aleixandre a favor de del ejército republicano de España.

Por cierto que en la mesa, excepto José Hierro y el que los repartió, nadie conocía de la existencia de esos romances. Y eso que decían conocerlo muy bien.

José Hierro termina el poema Yepes Cocktails, ya citado, casi como comienza: "Juan de la Cruz, dime si merecía la pena padecer con fuego y sombra, beber los zumos de la pesadumbre, batir de carne contra el yunque, Juan de la Cruz, para esto..."

Y creemos que ante la pregunta, que aparece también en el poema que estamos nombrando, "¿Otro whisky?"; contestaría sin duda: "Venga palante... - y remedando al poeta Omar Khayyan añadiría-- Bebamos porque dormiremos mucho tiempo bajo tierra, sin amigos, sin mujer. Te confiaremos un secreto: Los tulipanes marchitos no vuelven a florecer. El tiempo, inexorable, seguirá fluyendo. ¿Qué fue de Bagdad y de Balk?... Un leve roce puede matar la rosa. Luego bebamos, y, al mirar las estrellas, meditemos en las culturas que se tragó el desierto.

LEON FELIPE PRESENTA A JOSE HIERRO

(Yo, José María Amigo Zamorano, presenté con este título a José Hierro)

Creo que para presentar a un gran poeta debe hacerlo otro gran poeta. Allá por el año 1942 y cuando era aún reciente su exilio republicano en México, decía el gran poeta León Felipe, en un inolvidable poema:

"Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta: la de la espada fratricida y la de la canción vagabunda; hay dos Españas y una solo canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo: soldado, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo... Mas yo te dejo mudo... ¡Mudo! y ¿cómo vas a recoger el trigo y alimentar el fuego si yo me llevo la canción?"

Y continuaba diciendo que la España que se llevó la canción se llevó el salmo también... Que eso que va aullando en la ráfaga negra del Viento por todos los caminos de la Tierra... es el salmo; y que él se lo llevo en la garganta que es la garganta rota y desesperada del Hombre... No lo roba. Se lo lleva... ¡lo rescata! El salmo es suyo... ¡del poeta!.

Años después, y en carta a Cela, León Felipe se desdecía (y aquí lamento no poder leer las palabras tal y como las decía León Felipe, desgraciadamente el libro me ha desaparecido) pero más o menos venía a decir: amigo Cela, quiero desdecirme de cosas que uno ha dicho, de palabras que uno ha escrito; yo fui aquel que se autoproclamaba como el pájaro que había ido a cantar a otro lugar. También afirmé que me había llevado el salmo y la canción.

León Felipe terminaba diciendo: mas ahora oigo voces que salen de la tierra. Esa voz... esas voces: Celaya, Hierro, Crémer, Angela Figueroa Aymerich, Nora, De Luis, para vosotros, los que os quedasteis en la casa paterna, en el huerto florido, será el salmo y la canción. Porque tal vez lo que no me podía llevar nunca era la canción que nace de la tierra....

Pues bien, una de esas voces que saludaba León Felipe y que surgía potente de entre las ruinas de la guerra del 36/39, una de esas voces que heredaba "el salmo y la canción", es José Hierro, premio Adonais, Nacional de Literatura, Príncipe de Asturias y a mí me cabe el honor de presentarlo a ustedes esta tarde.


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